Recuerdo la imagen de éste objeto tan especial y vienen a mi mente situaciones relevantes para mi persona. Hablaré del Pizcador de maíz y de cómo, este pequeño objeto, estuvo especialmente relacionado al proceso de la siembra y la cosecha del maíz aquí en mi tierra colorada.
Se trata de una herramienta de metal. Era cóncava, con sus bordes y la punta afilados, y con un mango corto, menos ancho que la parte cóncava. (como si fuera una cuchara con la punta y sus bordes afilados). Tenía el tamaño justo para caber en la palma de la mano de quien lo usaría. Y los había de varios tamaños a según la mano y comodidad de su dueño.
En el mango tenía dos orificios para insertar en ellos una correa de cuero que servía como dedal. El usuario, o Pizcador, metía uno o dos dedos al dedal y así la parte metálica permanecía en la palma de su mano, aunque se abriera el puño, mientras iba realizando la pizca.
El cultivo del maíz fue la actividad principal de la agricultura tradicional en las comunidades rurales y también en la mía. Sembrar y cosechar maíz fueron tareas indispensables para la alimentación de los habitantes de mi pueblo.
Me parece muy significativo que, para el comienzo del cultivo y su recolecta final, en su palma de la mano del agricultor, cupieran los objetos necesarios para la siembra y la cosecha de su alimento y el de su familia. Y claro, que aparte del noble maíz, con sus manos y su trabajo, el agricultor también cultivaba otros productos.
Así, la mano del hombre que sembraba los granos de maíz en los surcos de su labor, era la misma mano que luego cuidaría sus milpas, quitaba las yerbas que estorbaban a su crecimiento y las protegía de las plagas. Luego, cuando brotaban sus elotes los cortaba para consumirlos como primera cosecha. Y después, cuando la milpa ya había madurado su fruto en forma de mazorca, la misma mano, con ésta pequeña herramienta en el hueco de su palma, rasgaba las hojas para sacar la pieza de maíz y depositarla en un canasto de carrizo. Y así, caminando por los surcos, el hombre cosechaba su maíz hasta llenar de mazorcas la canasta pizcadora que cargaba en la espalda.
Aprendí que, con éstas acciones del ciclo agrícola, los hombres del campo cultivaban el principal ingrediente de sus alimentos a base del maíz: Tortillas, Atole, Pinole, Tacazotas, Pozole, Tostadas, Tamales. Chilaquiles, Enchiladas, Gorditas rellenas de guisado y los Tacos de todo.
Y allá en la labor, entre los surcos, las milpas se quedaban de pie con sus capullos de hojas blancas abiertos, como orgullosas flores maduras que habían cumplido su generosa función de alimentar al hombre que, ocho meses antes, había sembrado el grano de maíz.
Recuerdo que el ciclo agrícola del maíz se iniciaba con la preparación del barbecho antes de que llegaran las aguas. Primero era el volteo de la tierra seca y polvorienta con el arado y la yunta de bueyes. Después, cuando llovía se hacia la siembra. Participaban dos personas. Una era el arador quien dirigía la yunta, y otra el sembrador que arrojaba las semillas de maíz, frijol y calabaza en los surcos que el arado iba abriendo. Era como un ritual de gratitud que los hombres del campo hacían cada año, para celebrar su vínculo con la tierra colorada y fértil.
El sembrador caminando atrás de la yunta, sintiendo en sus pies a la tierra tibia que se abría dócilmente y oliendo su humedad al recibir y guardar las semillas sembradas. El arador siempre adelante, con la mano firme en la mancera del arado y guiando a la yunta de bueyes que iban uncidos al yugo por medio de la coyunda de cuero, yunta que a paso lento arrastraban al arado y al timón sujetado al yugo con el barzón y una cuña de madera llamada tarugo.
Durante el ciclo agrícola del maíz se requerían otros utensilios para realizar las diferentes actividades relacionadas entre sí. Se trataba de herramientas de metal: la Reja (punta de fierro para abrir los surcos y que se ajusta al arado de madera); La Puya y la Coa (objetos de fierro ajustados uno en cada extremo del otate usado por el arador para dirigir a los bueyes); El Azadón (herramienta metálica con mango de madera largo para escarbar la tierra y cortar la yerba); La Hoz o Rozadera (curvada como media luna y un mango corto. Dentada como sierra para segar la yerba o el forraje).
Estos objetos metálicos se fraguaban, o elaboraban, en la fragua del Herrero del pueblo. Era un amplio taller equipado con yunques, tornillos de banco, tenazas metálicas, marros, martillos, limas y seguetas, carbón y un enorme fuelle de cuero para avivar el fuego donde se fundían y soldaban los metales. Estaba en el centro de mi pueblo, cerca del templo y de la plaza principal. A ésta fragua acudían los agricultores del pueblo, y también los agricultores de las rancherías de la región, venían porque ahí conseguían sus utensilios de labranza. Todos ellos compraban el pizcador de maíz y mandaban hacer los herrajes que necesitaban.
Dicha fragua era la de Don Tacho Vargas, el Herrero que, con sus habilidades y su ingenio supo abastecer las herramientas de labranza para el cultivo de las tierras propiedad de las haciendas que dieron origen a mi pueblo.
Don Tacho Vargas también elaboraba Palas, Picos, Barretas, Talachos, Herraduras para los caballos y animales de carga, Aldabas, Llaves para las puertas y Estacas para sujetar a los burros cuando pastaban, entre otros utensilios más.
Este hombre, con sus trabajos de herrería contribuyó para que la agricultura tradicional y los cultivos de mi tierra colorada, se hicieran con las herramientas adecuadas. Ayudó a los hombres del campo de mi pueblo para que tuvieran mejores cosechas, principalmente del maíz y el frijol. Don Tacho Vargas fue de los primeros habitantes de mi pueblo. Su aportación fue valiosa para los vecinos del lugar. Y también cooperó materialmente con la comunidad para establecer las bases de lo que hoy conocemos como Tlachichila.
Marzo 2021.
Autor: Gabriel Vargas.
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