Sin categoría

Tlachis, Plaza y Pan.

Existe un placer especial que llevamos guardado en la memoria del paladar y es lo que nos hace recordar con agrado los días felices de nuestra infancia.

Son esos sabores de los primeros alimentos que probamos cuando fuimos niños. Los sabores de lo que comíamos en la infancia y que se quedaron guardados en la memoria del paladar. Y volver a disfrutarlos es revivir nuestros mejores días cuando ocurrieron por primera vez todas las cosas en nuestro mundo infantil.

Recuerdos de un sabor que al comerlo nuevamente nos hace revivir aquello que relacionamos con los momentos que nos hicieron sentir satisfechos y contentos con nuestro mundo.

Y después, ya de adultos, volvemos a comer esos alimentos porque su sabor nos sigue pareciendo el mejor, aunque para otras personas no sea así.

Quizás a todos nos ocurrió que los alimentos familiares preparados en nuestra casa, o en la casa de las abuelas, sean los que dejaron su sabor especial en nuestro paladar.

Pero también hubo alimentos que comimos fuera de la casa y siempre nos han parecido de lo mejor. Entre ellos sobresale el pan con soda allá en la plaza de Tlachichila, especialmente el domingo después de misa de doce.

Para los niños de los ranchos ese día era emocionante porque era su paseo del domingo. Temprano, su mamá les daba un almuerzo ligero. Su papá preparaba la carga del frijol, o de otras semillas, para vender en la tienda del pueblo. Luego, saliendo el sol, se iban rumbo al pueblo caminando atrás del burro con su carga.

Había familias que no llevaban nada para vender. Otras sí aprovechaban la vuelta para ofrecer quesos, huevos, algunos pollos o lo que podían tratar y así tener con qué comprar su mandado de la casa, o algunas cosas que hacían falta allá en su rancho.

Primero hacían sus pendientes de compra y venta en las tiendas del pueblo y luego se alistaban para ir al templo a la misa de doce. La mayoría de las familias eran fieles a la religión cristiana.

Después de la misa la panadería registraba su mayor venta. La mamá salía de ahí con un envoltorio grande de papel de estraza y se reunía con su familia que la esperaba en una banca de la plaza. Abría el envoltorio de papel y los niños tomaban su pieza de pan para comerlo con gusto y disfrutarlo acompañado con una soda que les compraba su papá.

Aquel sabor del pan combinado con un trago de soda era el mejor sabor que nunca antes habían sentido en su boca. Primero una pieza y luego otra para sentir el azúcar granulado desbaratarse en el paladar. Aquella pasta de harina compacta en la boca y la humedad de la soda en botella de vidrio con sabor de cola o de sabor a naranja eran una delicia. Y hacían que los domingos tuvieran un sabor inolvidable. 

Y ciertamente, cuando somos adultos y nuevamente probamos algún alimento especial, no es su sabor actual lo que estamos gustando, son los recuerdos de nosotros mismos cuando fuimos gratamente impresionados por ese sabor en los momentos agradables que vivimos de niños y que aún permanecen guardados en nuestro paladar. Por lo tanto, lo que volvemos a saborear no es el alimento en sí, son los recuerdos agradables de nosotros mismos cuando éramos felices. Son esos recuerdos agradables que se guardaron en alguna parte de nuestra boca o del paladar.

Autor: Gabriel Vargas.

Categorías:Sin categoría

Deja un comentario