Categoría: Sin categoría

¿A qué jugabamos en la infancia?

Los juguetes que teníamos en la infancia también son una fuente de recuerdos felices que se quedaron guardados en nuestra memoria. Los trompos, yoyos y canicas eran algunos de los juguetes más populares en aquellos tiempos, y aún hoy en día, cuando los volvemos a ver, nos hacen recordar los momentos alegres de nuestra niñez.

Los trompos eran una de las atracciones favoritas de los niños. Era un juego que requería habilidad y destreza, y a medida que los niños iban perfeccionando su técnica, los trompos giraban cada vez más rápido, generando una gran emoción en todos los espectadores. Los yoyos, por su parte, eran un juguete más relajado que requería de mucha paciencia y práctica para poder hacer todos los trucos. Pero al igual que los trompos, eran una fuente de alegría y entretenimiento para todos los niños.

Las canicas eran otro de los juguetes favoritos de los niños. Con ellas se podían jugar infinidad de juegos y torneos, y los niños siempre estaban compitiendo por tener la mejor colección de canicas. Algunos niños incluso tenían habilidades especiales para lanzar las canicas y ganar en los torneos, lo que les hacía sentirse muy orgullosos de sí mismos.

En aquellos tiempos, los juguetes eran más simples, pero esto no significaba que fueran menos valiosos o emocionantes. Los trompos, yoyos y canicas eran juguetes que no requerían de tecnología avanzada ni pantallas de alta definición para poder disfrutarlos. Eran juguetes que promovían la creatividad, la imaginación y la habilidad manual, y que generaban una gran satisfacción en los niños al poder dominarlos y mejorar en su uso.

En resumen, los juguetes de antes, como los trompos, yoyos y canicas, eran una fuente de diversión y felicidad para los niños de esa época, y aún hoy en día siguen siendo objetos que evocan recuerdos agradables de la infancia. Son juguetes que promovían la habilidad, la creatividad y la imaginación, y que se han convertido en iconos de una época en la que los juegos más simples podían generar una gran emoción.

Tlachis, Plaza y Pan.

Existe un placer especial que llevamos guardado en la memoria del paladar y es lo que nos hace recordar con agrado los días felices de nuestra infancia.

Son esos sabores de los primeros alimentos que probamos cuando fuimos niños. Los sabores de lo que comíamos en la infancia y que se quedaron guardados en la memoria del paladar. Y volver a disfrutarlos es revivir nuestros mejores días cuando ocurrieron por primera vez todas las cosas en nuestro mundo infantil.

Recuerdos de un sabor que al comerlo nuevamente nos hace revivir aquello que relacionamos con los momentos que nos hicieron sentir satisfechos y contentos con nuestro mundo.

Y después, ya de adultos, volvemos a comer esos alimentos porque su sabor nos sigue pareciendo el mejor, aunque para otras personas no sea así.

Quizás a todos nos ocurrió que los alimentos familiares preparados en nuestra casa, o en la casa de las abuelas, sean los que dejaron su sabor especial en nuestro paladar.

Pero también hubo alimentos que comimos fuera de la casa y siempre nos han parecido de lo mejor. Entre ellos sobresale el pan con soda allá en la plaza de Tlachichila, especialmente el domingo después de misa de doce.

Para los niños de los ranchos ese día era emocionante porque era su paseo del domingo. Temprano, su mamá les daba un almuerzo ligero. Su papá preparaba la carga del frijol, o de otras semillas, para vender en la tienda del pueblo. Luego, saliendo el sol, se iban rumbo al pueblo caminando atrás del burro con su carga.

Había familias que no llevaban nada para vender. Otras sí aprovechaban la vuelta para ofrecer quesos, huevos, algunos pollos o lo que podían tratar y así tener con qué comprar su mandado de la casa, o algunas cosas que hacían falta allá en su rancho.

Primero hacían sus pendientes de compra y venta en las tiendas del pueblo y luego se alistaban para ir al templo a la misa de doce. La mayoría de las familias eran fieles a la religión cristiana.

Después de la misa la panadería registraba su mayor venta. La mamá salía de ahí con un envoltorio grande de papel de estraza y se reunía con su familia que la esperaba en una banca de la plaza. Abría el envoltorio de papel y los niños tomaban su pieza de pan para comerlo con gusto y disfrutarlo acompañado con una soda que les compraba su papá.

Aquel sabor del pan combinado con un trago de soda era el mejor sabor que nunca antes habían sentido en su boca. Primero una pieza y luego otra para sentir el azúcar granulado desbaratarse en el paladar. Aquella pasta de harina compacta en la boca y la humedad de la soda en botella de vidrio con sabor de cola o de sabor a naranja eran una delicia. Y hacían que los domingos tuvieran un sabor inolvidable. 

Y ciertamente, cuando somos adultos y nuevamente probamos algún alimento especial, no es su sabor actual lo que estamos gustando, son los recuerdos de nosotros mismos cuando fuimos gratamente impresionados por ese sabor en los momentos agradables que vivimos de niños y que aún permanecen guardados en nuestro paladar. Por lo tanto, lo que volvemos a saborear no es el alimento en sí, son los recuerdos agradables de nosotros mismos cuando éramos felices. Son esos recuerdos agradables que se guardaron en alguna parte de nuestra boca o del paladar.

Autor: Gabriel Vargas.

Lista del Correo

Es normal que exista la necesidad de saber cómo la estará pasando un familiar ausente, o tener el apuro de avisarle alguna noticia. Comunicarse con los familiares ausentes, hoy en día, es algo fácil y rápido.

Pero imaginemos esa necesidad setenta años atrás (1950) y pensemos en cómo le hacían los habitantes de Tlachichila para comunicar lo que querían decirle a su familiar ausente. Al que tuvo que salirse del pueblo para mejorar su nivel de vida y radicar en otro estado, o bien al que se fue al norte (como se decía antes).

En aquellos años no existían los celulares, los e-mails, los whatsapp, ni las llamadas de larga distancia. Nada de eso había, únicamente se contaba con la CARTA escrita con el puño y la letra de los familiares que querían estar comunicados.

Las buenas y las malas noticias viajaban en papel, eran palabras escritas con tinta o con lápiz. Noticias que se iban de un lado para el otro llevando la comunicación, los sentimientos, deseos y esperanzas, las penas y las emociones de las personas que vivieron aquí en Tlachichila en aquellos tiempos.

 El servicio postal lo ofrecía Don Rodolfo Esparza, en su tienda La Moderna. Allí acudía la gente para mandar y recibir sus cartas, también para comprar la hoja del papel, el sobre de carta y los timbres postales.

El correo llegaba una o dos veces por semana en el camioncito que venía de Teocaltiche. El chofer entregaba personalmente la valija, o saco de lona color café muy bien cerrado, con una correa especial y un sello de seguridad, que contenía la correspondencia. La valija era tratada como paquetería oficial y sólo el personal autorizado podía manejarla. Quienes debían firmar por la valija recibida y por la otra que entregaban. Así, unas cartas llegaban y otras se iban.

En su ancho mostrador de madera, Don Rodolfo vaciaba la valija que llegó, les estampaba el sello de recibido a cada sobre y luego los ponía en un casillero. Las cartas quedaban ordenadas según por el apellido de los destinatarios.

Después, en una hoja de papel anotaba a todas las personas que les llegaba su carta. De esta manera hacia la Lista del Correo donde aparecían escritos el nombre y el apellido de quienes tenían carta en esa fecha.

La Lista del Correo era el medio que unía a los habitantes de Tlachichila con el resto del país y USA.

Don Rodolfo mandaba fijar la Lista del Correo en la fachada de su tienda, al lado de una puerta, para que todo el pueblo pudiera revisarla. Era la novedad del día y las personas se agrupaban para checar los nombres ahí exhibidos. Había quienes lo hacían para encontrarse a sí mismos, otros para informar a la persona enlistada, y otros más por simple curiosidad, o para divulgar un chisme de pueblo. 

Las personas del pueblo y de las rancherías cercanas iban a la tienda, o mandaban a alguien, para revisar la Lista del Correo. Si tenían carta debían entrar hasta el mostrador para recogerla. Ya que sólo se le entregaba al “dueño”. Don Rodolfo conocía a todo mundo, aunque vivieran en alguna ranchería. La entrega tenía que ser personalmente porque a veces el sobre traía dinero.    

Los sobres tenían los datos del Remitente y del Destinatario. Aún no existían direcciones ni números en las casas, por eso todos decían “domicilio conocido”.

Esa Lista del Correo era muy importante: calmaba la espera y daba tranquilidad a la gente. Era motivo de alegría personal por la emoción de sentir que una carta los acercaba con el familiar ausente. O en ocasiones ayudaba a mitigar la inquietud por saber de una noticia especial. También era el alivio para alguna necesidad económica, porque ahí en La Moderna les entregaban una carta “registrada” con dinero, y si traía dólares ahí mismo los cambiaban.

En aquellos tiempos había pocos habitantes que supieran leer y escribir. Y eran más los que no sabían escribir, ellos acudían con las personas que sí podían escribir para solicitarles su ayuda a la hora de hacer una carta. Así, unos decían las palabras que necesitaban comunicar y otros las escribían para mandar aquel decir. Y cuando recibían carta volvían con esa gente para que les leyeran las palabras que su familiar les contestó.

Una de las personas que ayudaba con esa actividad fue Don Andrés García, quien vivía al otro lado del arroyo colorado, por la salida del pueblo que va rumbo a Nochistlán. Su casa estaba junto al camino real por el lado de la Hacienda donde ahora está la secundaria. Gentes del pueblo acudían con él para que les escribiera cartas y para que se las leyera. También, algunas personas acostumbraban reunirse en esa casa para oír la lectura de pasajes de la biblia. A Don Andrés, la iglesia le permitía tener ése libro especial. También tenía otros libros y hojas de periódicos para leérselos a la gente.

Más o menos, como en 1935 los niños de Tlachichila empezaron a tener la oportunidad de aprender a leer y escribir oficialmente en la escuela rural del pueblo. Ya antes, durante los años 1930-1935 las maestras Mercedes Angulo y Maclovia Herrera habían hecho labor alfabetizadora con pocos niños y adultos en los salones de la parroquia.

La construcción de la primera escuela primaria se inició en 1933. Y formalmente, quienes iniciaron la acción educativa fueron los profesores Marcos Tachiquin y Leandro Legaspi.

En la escuela, a Los estudiantes de quinto año se les enseñaba el “cómo escribir una carta”, y cómo anotar los datos correctos del Remitente y el Destinatario.

En 1979 se instaló la primera línea de teléfono. Después llegaron las llamadas de larga distancia con el servicio de mensajería. Y la Lista del Correo seguía dando servicio.

En las fiestas del pueblo, en septiembre de 1986, se vio funcionando el primer teléfono celular, traído por un familiar llegado de California.

En 1990 los teléfonos celulares ya eran más comunes en Zacatecas. Y la Lista del Correo seguía dando servicio.

 Un estudio poblacional realizado en el año de 1991, señala que habitaban en Tlachichila 2000 personas, y que de ellas había 150 mayores de 15 años sin saber leer y escribir. Y la Lista del Correo seguía dando servicio.

Por lo tanto, hace treinta años, en Tlachichila aún había personas que necesitaban ayuda para escribir una carta. No sabemos cuántas personas en esa misma condición habría en las comunidades cercanas. Pero la Lista del Correo seguía dando servicio.

El servicio postal en la tienda La Moderna se suspendió y comenzamos a ver que otra buena costumbre de Tlachichila, también se tiraba al olvido. La gente dejó de usar la Lista del Correo. Se terminó el fascinante hilo de letras que los unía con sus familiares ausentes.

Al día de hoy, el servicio postal que daba Don Rodolfo Esparza se ofrece en una oficina cerca de la Delegación. Y la Lista del Correo dejo de aparecer.

Ahora, los habitantes de Tlachichila prefieren los medios de comunicación modernos para decir sus cosas, los usan cuando necesitan hablar y comentar con sus familiares ausentes. Y la tradicional Carta se usa cada vez menos. 

Autor: Gabriel Vargas.

Junio del 2021.

var spread_shop_config = { shopName: ‘redtlachichilazacatecas’, locale: ‘us_US’, prefix: ‘https://shop.spreadshirt.com’, baseId: ‘myShop’ }; https://shop.spreadshirt.com/shopfiles/shopclient/shopclient.nocache.js

Pizcador

Recuerdo la imagen de éste objeto tan especial y vienen a mi mente situaciones relevantes para mi persona. Hablaré del Pizcador de maíz y de cómo, este pequeño objeto, estuvo especialmente relacionado al proceso de la siembra y la cosecha del maíz aquí en mi tierra colorada.

Se trata de una herramienta de metal. Era cóncava, con sus bordes y la punta afilados, y con un mango corto, menos ancho que la parte cóncava. (como si fuera una cuchara con la punta y sus bordes afilados). Tenía el tamaño justo para caber en la palma de la mano de quien lo usaría. Y los había de varios tamaños a según la mano y comodidad de su dueño.

En el mango tenía dos orificios para insertar en ellos una correa de cuero que servía como dedal. El usuario, o Pizcador, metía uno o dos dedos al dedal y así la parte metálica permanecía en la palma de su mano, aunque se abriera el puño, mientras iba realizando la pizca.

El cultivo del maíz fue la actividad principal de la agricultura tradicional en las comunidades rurales y también en la mía. Sembrar y cosechar maíz fueron tareas indispensables para la alimentación de los habitantes de mi pueblo.    

Me parece muy significativo que, para el comienzo del cultivo y su recolecta final, en su palma de la mano del agricultor, cupieran los objetos necesarios para la siembra y la cosecha de su alimento y el de su familia. Y claro, que aparte del noble maíz, con sus manos y su trabajo, el agricultor también cultivaba otros productos.

Así, la mano del hombre que sembraba los granos de maíz en los surcos de su labor, era la misma mano que luego cuidaría sus milpas, quitaba las yerbas que estorbaban a su crecimiento y las protegía de las plagas. Luego, cuando brotaban sus elotes los cortaba para consumirlos como primera cosecha. Y después, cuando la milpa ya había madurado su fruto en forma de mazorca, la misma mano, con ésta pequeña herramienta en el hueco de su palma, rasgaba las hojas para sacar la pieza de maíz y depositarla en un canasto de carrizo. Y así, caminando por los surcos, el hombre cosechaba su maíz hasta llenar de mazorcas la canasta pizcadora que cargaba en la espalda.

Aprendí que, con éstas acciones del ciclo agrícola, los hombres del campo cultivaban el principal ingrediente de sus alimentos a base del maíz: Tortillas, Atole, Pinole, Tacazotas, Pozole, Tostadas, Tamales. Chilaquiles, Enchiladas, Gorditas rellenas de guisado y los Tacos de todo.

Y allá en la labor, entre los surcos, las milpas se quedaban de pie con sus capullos de hojas blancas abiertos, como orgullosas flores maduras que habían cumplido su generosa función de alimentar al hombre que, ocho meses antes, había sembrado el grano de maíz.     

Recuerdo que el ciclo agrícola del maíz se iniciaba con la preparación del barbecho antes de que llegaran las aguas. Primero era el volteo de la tierra seca y polvorienta con el arado y la yunta de bueyes. Después, cuando llovía se hacia la siembra. Participaban dos personas. Una era el arador quien dirigía la yunta, y otra el sembrador que arrojaba las semillas de maíz, frijol y calabaza en los surcos que el arado iba abriendo. Era como un ritual de gratitud que los hombres del campo hacían cada año, para celebrar su vínculo con la tierra colorada y fértil.

El sembrador caminando atrás de la yunta, sintiendo en sus pies a la tierra tibia que se abría dócilmente y oliendo su humedad al recibir y guardar las semillas sembradas. El arador siempre adelante, con la mano firme en la mancera del arado y guiando a la yunta de bueyes que iban uncidos al yugo por medio de la coyunda de cuero, yunta que a paso lento arrastraban al arado y al timón sujetado al yugo con el barzón y una cuña de madera llamada tarugo.  

Durante el ciclo agrícola del maíz se requerían otros utensilios para realizar las diferentes actividades relacionadas entre sí. Se trataba de herramientas de metal: la Reja (punta de fierro para abrir los surcos y que se ajusta al arado de madera); La Puya y la Coa (objetos de fierro ajustados uno en cada extremo del otate usado por el arador para dirigir a los bueyes); El Azadón (herramienta metálica con mango de madera largo para escarbar la tierra y cortar la yerba); La Hoz o Rozadera (curvada como media luna y un mango corto. Dentada como sierra para segar la yerba o el forraje).

Estos objetos metálicos se fraguaban, o elaboraban, en la fragua del Herrero del pueblo. Era un amplio taller equipado con yunques, tornillos de banco, tenazas metálicas, marros, martillos, limas y seguetas, carbón y un enorme fuelle de cuero para avivar el fuego donde se fundían y soldaban los metales. Estaba en el centro de mi pueblo, cerca del templo y de la plaza principal. A ésta fragua acudían los agricultores del pueblo, y también los agricultores de las rancherías de la región, venían porque ahí conseguían sus utensilios de labranza. Todos ellos compraban el pizcador de maíz y mandaban hacer los herrajes que necesitaban.

Dicha fragua era la de Don Tacho Vargas, el Herrero que, con sus habilidades y su ingenio supo abastecer las herramientas de labranza para el cultivo de las tierras propiedad de las haciendas que dieron origen a mi pueblo.

Don Tacho Vargas también elaboraba Palas, Picos, Barretas, Talachos, Herraduras para los caballos y animales de carga, Aldabas, Llaves para las puertas y Estacas para sujetar a los burros cuando pastaban, entre otros utensilios más.

Este hombre, con sus trabajos de herrería contribuyó para que la agricultura tradicional y los cultivos de mi tierra colorada, se hicieran con las herramientas adecuadas. Ayudó a los hombres del campo de mi pueblo para que tuvieran mejores cosechas, principalmente del maíz y el frijol. Don Tacho Vargas fue de los primeros habitantes de mi pueblo. Su aportación fue valiosa para los vecinos del lugar. Y también cooperó materialmente con la comunidad para establecer las bases de lo que hoy conocemos como Tlachichila.

Marzo 2021.

Autor: Gabriel Vargas.

El padre Carlitos

El padre Carlitos fue uno de los párrocos más importantes del pueblo. Es muy recordado sobre todo por quienes tuvieron algún evento religioso como bautismo, boda, primera comunión, etc., oficiado por el padre Carlos Gómez. Tras su muerte se construyó una estatua en su honor cerca del templo.

El padre Carlitos antes del inicio de una peregrinación.
El padre Carlitos junto a el padre Chabelito y el padre Raudel.
El padre Carlitos y otros sacerdotes.
El padre Carlitos en lo que pareces ser primeras comuniones.
El padre Carlitos junto a su mamá y su abuela.
Padre Carlitos, imagen que se conserva en el tempo.
Estatua del padre Carlitos.
Anuncios

Mirasoles

Los mirasoles o cosmos son una especie nativa de México. Es una planta silvestre que crece en los campos y que cada vez se ve menos debido a los herbicidas, la introducción de pastos mejorados y la actividad humana. La planta produce varias flores de ocho pétalos con un centro amarillo, que en todo momento tratan de mirar al sol, de ahí su nombre.

En la imagen podemos ver a J. Guadalupe Saldívar, Maximina Ibarra, Antonia Durán, Alicia Saldívar, Teresa Saldívar y Antonio Saldívar posando en la orilla de un gran banco de mirasoles.

Cuando están en floración el polen puede manchar la ropa, por lo que si deseas tomarte una foto lo mejor es hacer lo que esta familia, posar en la orillita.

Antes de que se produzcan las flores, se desarrollan los botones. Mismos que al presionarlos, sueltan una gota de agua. Cuando era niño nos echábamos las esas gotas en los ojos por pura diversión.

Templo de San agustín

Anuncios